2º domingo cuaresma TRANSFIGURA CIÓN ESPERANZA ESCONDIDA

2º domingo cuaresma TRANSFIGURA CIÓN ESPERANZA ESCONDIDA

Evangelio del domingo

Mc 9,2-10: Éste es mi Hijo amado.

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y
se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:
-«Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
Estaban asustados, y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube:
-«Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.»
De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:
-«No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»
Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».

Para comprender este domingo

Padre Juan José Ferran L.C.

La majestuosidad del Monte de la Transfiguración nos va a permitir experimentar, como una gracia de Dios muy especial, una certeza sobre lo que fue el camino del Señor y sobre lo que es de verdad la vida humana. Jesús llega a este monte desde Cesarea de Filipos, en donde Pedro, por inspiración divina le ha proclamado el Mesías: “Tú eres el Cristo”, como nos refiere S. Marcos; pero también en donde Cristo se ha dirigido a Pedro con palabras muy duras:
“Apártate de mí, Satanás, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres”, tras anunciarles su
muerte y resurrección. Aquellos hombres manifiestan una fe débil y tal vez equivocada en su mesianismo; y, por ello Jesús, aunque solo con tres ellos, desea con su transfiguración que ellos conozcan quién es Él, antes de que aquel camino termine en Jerusalén, donde se realizará y de forma cruel y sangrienta lo que él les ha anunciado. ¡Qué difícil resulta a veces comprender el camino del Señor!

Aquél que un día abrirá sus brazos en la cruz, para abrazarnos a todos y pocos días después resucitará entre los muertos, como celebraremos al final de este camino de la cuaresma, es éste de quien una voz desde la nube ha exclamado: “Este es mi Hijo, el Amado, escuchadlo”; palabras casi repetidas de aquellas otras que se habían oído en el bautismo de Jesús: “Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco” (Mc 1,11). Cristo con esta revelación quiere que Pedro y los otros dos apóstoles confirmen en la fe a sus hermanos, cuando experimenten la confusión y miedo en los momentos de la Pasión.

Todos necesitamos sentir y tocar de alguna forma esta revelación de Cristo para poder afrontar esos momentos en que se nos nubla la fe y la esperanza por esas cruces que vamos encontrando en la vida. ¡Que duro debió ser para Abrahán obedecer la orden de Dios de sacrificar a su hijo, como nos cuenta la primera lectura de la misa de este domingo! O ¿quién estará siempre tan seguro en los momentos difíciles para hacer suyas esas palabras tan consoladoras que nos ofrece Pablo en la segunda lectura: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará
contra nosotros”.

Pidamos al Señor que nunca dejemos de ver, aunque pasemos por las cañadas oscuras de la vida, a ese Cristo transfigurado, en el que hemos creído, en el que hemos puesto toda nuestra esperanza, en  el que hemos depositado todo nuestro amo. No pidamos anticipar la gloria sin pasar por la cruz. San Agustín nos lo recuerda con bellas palabras: “Pedro no entendía esto cuando deseaba vivir con Cristo en el monte. Esto, ¡oh, Pedro, te lo reservaba para
después de tu muerte. Ahora, no obstante, dice: Desciende a trabajar a la tierra, a ser despreciado, a ser crucificado en la tierra…” (Sermones 78,6). Nos lo dice a nosotros, el final no es el viernes santo, es  el Domingo de Pascua. Y seamos también portadores de esperanza e ilusión en este mundo que definimos en la salve como ‘valle de lágrimas’, porque “sin efusión de sangre no hay redención”, y “por la cruz se llega a la luz”.

Alabado sea Jesucris

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