TESTIMONIO DE UN SEMINARISTA EN LA HOSPITALIDAD DE LOURDES

“La semana que viene os vais a Lourdes”. Así nos dijo nuestro formador del seminario a Jorge y a mí que a las 6:00 a.m. del próximo miércoles estaríamos en el IFEMA rumbo a Francia con un grupo desconocido para ambos: la Hospitalidad de Lourdes de Madrid. Yo ya había estado en Lourdes hace dos años pero esta vez iba a ser muy distinto. Tras una reunión informativa, nos embarcamos en esta apasionante aventura sin saber lo mucho que nos iban a tocar estos cinco días.

Jorge y yi en Lourdes

Armados con nuestra camisa azul y un pantalón gris comprado el día anterior en el Primark (¡¿quién se pone un pantalón así normalmente?!), vestuario distintivo de los hospitalarios (las hospitaleras llevaban un uniforme de enfermeras de la Primera Guerra Mundial), comenzamos a mezclarnos con este heterogéneo grupo. Al entrar en el autobús, buscaba atento a Ricardo, enfermo al que nos tocaría servir a Jorge y a mí. Él, al igual que el resto de personas enfermas que nos acompañaban, tenía una enfermedad infecciosa (VIH o hepatitis). Eso me imponía un poco, ya que yo nunca había conocido a nadie que la tuviera. Pronto empecé a conocer sus vidas, su pasado marcado por momentos de dolor y sufrimiento, pero también su ilusión por seguir luchando cada día. Mi mirada descubrío en estas personas múltiples gestos de agradecimiento, cariño y fe; gestos que descolocaban mis esquemas. Y es que en la hospitalidad es fácil descubrir que la grandeza de estas personas (y el de todos nosotros) no está en la apariencia o en las caídas del pasado sino en el amor que son capaces de darnos. Ellos son el gran tesoro de la Hospitalidad.

yo con enfermo ante el santuarioPero hubo una historia que me llamó especialmente la atención. Fue la de Luis, un hombre al que yo conocí hace cuatro años cuando él estaba viviendo en la calle y yo realizaba un voluntariado. Ahora era un hombre nuevo. Ver el cambio que gracias a Dios y a muchas personas se había dado en su vida, es el mejor testimonio de que para Dios nadie está perdido. Frente a mi mirada a veces juiciosa y que da a personas por perdidas, está la infinita misericordia de Dios.

Además de los enfermos, esta peregrinación sería inconcebible sin los hospitalarios. Tras hablar con varios de ellos, no pude evitar preguntarme: “¿qué tendrá esta gente en común?”. Mi grupo, el equipo dorado, era un centenar de personas diversas, de distintas zonas de Madrid y de edad variada. Unos novatos y otros con muchas peregrinaciones a sus espaldas, unos con más fe y otros con menos; todos veníamos buscando algo. La fuerza que nos unía eran los enfermos, capaces de sacar lo mejor de nosotros, de “arrancarnos” gestos de cariño que muchas veces nos reservamos. Pero ¿eran los enfermos lo único que nos unía? Rezando en la gruta de la Virgen, me dí cuenta de que todos eramos llevados allí por nuestra Madre, llevados uno a uno hasta su regazo. Solo una madre puede reunir de forma tan maravillosa a sus hijos.

oracion con eqwuipodoradi y el cardenalLas misas, las procesiones de las antorchas y el Santísimo, las oraciones en grupo, eran momentos fuertes donde cada uno podíamos sentir que Jesús y su Madre nos acompañaban y acogían todo lo que llevábamos en el corazón. Destaco especialmente la paz y la alegría que experimenté cuando en las piscinas, tras quedar desnudo ante la pequeña imagen de la Virgen, puse mi vida en sus manos y fuí sumergido en ese agua de la gruta que ha sanado tantos cuerpos y corazones rotos.

Además de esta experiencia que he podido vivir como hospitalario y, en cierto sentido, como un enfermo más, he vivido esta peregrinación desde la clave de la vocación sacerdotal a la que soy llamado. Beber del ejemplo de los sacerdotes que nos acompañaban, viendo pastores que sirven desde abajo sin miedo de oler a oveja. Este ha sido el caso de Víctor, sacerdote que acompañaba al equipo dorado y del que pudimos aprender tanto.

Esto unido a la alegría y el agradecimiento con el que nos recibió la gente por el hecho de ser futuros sacerdotes. La ilusión y el reclamo de la gente han sido para mí un fuerte impulso para seguir dejando que en este tiempo de formación Dios siga modelando en mí un corazón de pastor como el suyo. Una experiencia en la que sigo confirmando con gozo que Dios da el ciento por uno a los que le siguen.

equipo dorado foyo de grupo con el CardenalVolviendo a nuestra vida ordinaria con el sabor agridulce que dejan las despedidas, recogemos todos aquellas luces que hemos recibido, esas luces que, al igual que brilló la Inmaculada ante Bernadette en la oscura gruta de Massabielle, vienen a iluminar nuestra vida llenándola del amor de Dios. El lema de este año -“el Señor hizo en mí maravillas”- ha resonado con fuerza cuando tras esta peregrinación puedo contemplar las maravillas que ha hecho el Señor ¡y sigue haciendo! en mí y a mi alrededor. Aunque la peregrinación haya terminado, todos seguimos siendo hospitalarios. Esto se ve en los jóvenes que continúan entregando su vida y su tiempo a tantas personas en distintos voluntariados y centros. Tanto enfermos como hospitalarios volvemos a nuestros desafíos y luchas cotidianos pero acompañados de una gran experiencia de amor. De la mano de María y de los hermanos, nada podrá separarnos del Amor de Dios.

 

Enrique Arteaga