La Procesion Eucaristica Y La Bendicion Con El Santisimo

En la peregrinación vamos a participar en la procesión Eucarística y en la bendición con el Santísimo a los enfermos y a todos nosotros.

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Para los católicos Jesús se queda con nosotros, tal y como lo prometió, y lo hace bajo la forma de pan. En la misa recordamos la última cena y consagramos el pan para que en él se haga presente el Señor. Ese mismo pan consagrado, es al que acompañamos en la procesión, es decir, acompañamos al mismo Jesús. Pero más que acompañarle nosotros es él quien quiere caminar a nuestro lado en todo el camino de nuestra vida que lo simbolizamos en el recorrido que hacemos.

Al llegar a la basílica y tras escuchar su palabra, pedirle unos por otros, por nuestras necesidades él como el que puede sanar y dar sentido a nuestras vidas se acerca para bendecirnos, es decir para decir cosas buenas de nosotros, para que nosotros descubramos que para él somos importantes y quiere dar plenitud a nuestras vidas y curarlas. Por eso los médicos acompañan al celebrante que porta la custodia, pieza que sirve para llevar el pan consagrado, porque ellos son las manos de Jesús en el mundo para curar nuestro cuerpo.

El papa Benedicto XVI en una de estas procesiones nos decía

“La Santa Eucaristía, es Jesucristo pasado, presente y futuro Jesucristo pasado, en la verdad histórica de la tarde en el cenáculo, que se nos recuerda en toda celebración de la Santa Misa. Jesucristo presente, porque nos dice: Tomad y comed todos, porque esto es mi cuerpo, ésta es mi sangre. Esto es, en presente, aquí y ahora, como en todos los aquí y ahora de la historia de los hombres. Presencia real, presencia que sobrepasa nuestros pobres labios, nuestros pobres corazones, nuestros pobres pensamientos. Presencia ofrecida a nuestras miradas como aquí, esta tarde, cerca de la gruta donde María se reveló como Inmaculada Concepción.

La Eucaristía es también Jesucristo futuro, Jesucristo que viene. Cuando contemplamos la Hostia Santa, su cuerpo glorioso transfigurado y resucitado, contemplamos lo que contemplaremos en la eternidad, descubriendo el mundo entero llevado por su Creador cada segundo de su historia. Cada vez que lo comemos, pero también cada vez que lo contemplamos, lo anunciamos, hasta que el vuelva. Por eso lo recibimos con infinito respeto. Algunos de nosotros no pueden o no pueden todavía recibirlo en el Sacramento, pero pueden contemplarlo con fe y amor, y manifestar el deseo de poder finalmente unirse a él. Es un deseo que tiene gran valor ante Dios: esperan con mayor ardor su vuelta; esperan a Jesucristo, que debe venir.

Esta tarde cada uno de nosotros escuchamos: Ven, déjate llamar por el Maestro. él está aquí y te llama (cf. Jn 11,28). Él quiere tomar tu vida y unirla a la suya. Déjate atraer por él. No mires ya tus heridas, mira las suyas. No mires lo que te separa a tí de él y de los demás; mira la distancia infinita que ha abolido tomando tu carne, subiendo a la Cruz que le prepararon los hombres y dejándose llevar a la muerte para mostrar su amor. En estas heridas, te toma; en estas heridas, te esconde. No rechaces su amor.