Bernadette decia…

Bernadette no ha dejado casi nada escrito, pero los archivos del convento de Saint-Gildard, en Nevers, conservan las actas del proceso canónico y los testimonios tomados en aquella ocasión a sus hermanas de hábito y a todos los que estuvieron en contacto con ella, sobre todo en los años que pasó en el convento, entre 1866 y 1879. Son recuerdos, anécdotas, episodios, respuestas grabadas en la memoria de los interlocutores. Con este heterogéneo material el convento de Saint-Gildard, gracias también al trabajo de investigación del teólogo René Laurentin, ha realizado un libro, editado en Francia en 1978 con el título Bernadette dissait… . Hemos sacado una pequeña antología en la que puede verse la personalidad de Bernadette y su modo sencillo y humanísimo de vivir la fe cristiana. Ofrecemos los testimonios en el orden cronológico propuesto por el libro, aludiendo en algunos casos al contexto del episodio descrito para facilitar su comprensión.

LOURDES 1858-1866

1858
ENERO

Bernadette está de pastora en Bartrès. «Decidle a mis padres que aquí me entristezco. Quiero volver a Lourdes, para ir a la escuela y prepararme para la primera comunión».

EL PERIODO DE LAS APARICIONES

21 DE FEBRERO
Después de la sexta aparición, al salir del despacho del comisario Jacomet: «¿Por qué te ríes?» le preguntan.
«El comisario temblaba. Tenía una borla en el birrete que hacía tintín».

23 DE FEBRERO
«¡Haces venir a mucha gente!»
«¿Por qué viene? Yo no voy buscarla».

24 DE FEBRERO
«¿En qué te ha hablado? ¿En francés o en dialecto?»
«¡Anda! ¿Quiere que me hable en francés? ¿Cree que yo lo sé?».

25 DE FEBRERO
Durante la novena aparición se la oye repetir: «Penitencia… Penitencia… Penitencia…».

Al final se registra este diálogo: «¿Qué te ha dicho?»
«Ve a beber a la fuente y a lavarte»
«¿Y la hierba que has comido?»
«Me lo dijo también…»
«¿Qué te ha dicho?»
«Come esa hierba que hay allí»
«¡Los animales comen hierba!»
«¿Por qué toda esta agitación hoy? Ayer Aquero me dijo que besara la tierra como penitencia por los pecadores»
«¿Sabes que creen que estás loca si haces esas cosas?»
«Por los pecadores».

25 DE MARZO
Bernadette se despierta muy pronto y se viste:
«Tengo que ir a la gruta. Si queréis venir conmigo daros prisa»
«Piénsatelo, puedes empeorar…»
«Ya estoy buena»
«Espera por lo menos a que salga el sol»
«No, tengo que ir enseguida».

En la gruta, ante la aparición:
«Señorita, ¿quisiera usted tener la bondad de decirme quién es, por favor?»

Bernadette se aleja de la gruta riendo:
«¿Sabes algo?»
«No se lo digas a nadie. Me ha dicho: “Yo soy la Inmaculada Concepción”».

27 DE MARZO
Examen médico realizado por tres doctores:
«¿Tiene dolores de cabeza a veces?»
«No»
«¿Ha tenido crisis nerviosas?»
«Nunca»
«Su salud sin embargo, parece precaria»
«Como, bebo y duermo muy bien».

Durante el examen médico, respecto a la Virgen:
«Sí, la veo como le veo a usted. Se mueve, me habla, tiende sus brazos»
«¿No tienes miedo cuando ves tanta gente a tu alrededor?»
«No veo nada en torno».

MAYO
Corre de nuevo el peligro de ir a la cárcel:
«No tengo miedo de nada, porque siempre he dicho la verdad».

4 DE JUNIO
El día después de la primera comunión de Bernadette, Emmanuélite Estrade le pregunta: «¿Qué te ha hecho más feliz: la primera comunión o las apariciones?»
«Son dos cosas que van juntas, pero que no pueden compararse. He sido muy feliz en las dos».

16 DE JUNIO
Última aparición. Al atardecer, Bernadette se siente empujada hacia la gruta «¿Qué te ha dicho?»
«Nada».

DESPUÉS DEL 16 DE JULIO, LAS PRUEBAS: EL ASALTO DE LAS VISITAS

28 DE AGOSTO
Al abad Fonteneau: «No le obligo a creerme, sólo puedo responder diciendo lo que he visto y oído».
«Así que Bernadette, ¿ahora que la Virgen te ha prometido que irás al cielo, no necesitas preocuparte del cuidado de tu alma?»
«Pero Padre, yo sólo iré al cielo si me porto como se debe».

17 DE NOVIEMBRE
En la gruta, después del interrogatorio de la comisión eclesiástica: «Estoy muy cansada».

1859

MAYO
Marie de Cornuijer-Lucinière la interroga respecto a los secretos: «¿Se los dirías al Papa?
«No necesita saberlos».

1860El abad Junqua visita a Bernadette. Después de dos horas de coloquio le dice: «Volveré… Acuérdese de mí. Prométame que se acordará de mí»
«Esto no se lo prometo. Veo a tanta gente y de todos los tipos».

7 DE DICIEMBRE
Interrogatorio ante monseñor Laurence, obispo de Tarbes: «No parece una idea digna de la Virgen el que te haya hecho comer hierba»
«¡La ensalada la comemos!».

1861-1862

El abad Bernardou quiere hacer unas fotos a Bernadette para fijar la expresión que su rostro podía tener durante las apariciones: «No, así no. No ponías esa cara cuando estaba la Virgen»
«Pero ahora no está».

1864Han fotografiado a Bernadette y las fotos se vende a un franco la unidad… «Bernadette, ¿piensas que te venden a buen precio?»
«Más de lo que valgo».

1866

El día antes de salir hacia Nevers, Justine, la hija de su nodriza Maria Lagües, va a despedirse de Bernadette: «¿No te da pena irte?
«El poco tiempo que estamos en el mundo hay que emplearlo bien»

NEVERS 1866-18799

Testimonios de sus hermanas de hábito y de personas que vieron a Bernadette durante su permanencia en la casa general de la congregación de las Hermanas de la Caridad de Nevers, desde 1866 hasta el día de su muerte, el 16 de abril de 1879. 1866

JULIO
Sor Emilienne Duboé: Me encargaron de ocuparme de Bernadette desde que llegó al noviciado, para acostumbrarla… Lo que le dolía era no ver la gruta de Lourdes: «Si tú supieras», me dijo, «lo que he visto allí». Tenía la intención de preguntárselo, pero me respondió que no podía decir nada, que la madre maestra se lo había prohibido. Me decía: «Si supieras qué buena es la Virgen».

Un día Bernadette me hizo ver que hacía mal la señal de la cruz. Le dije que por supuesto no la hacía tan bien como ella que lo había aprendido de la Virgen. «Hay que poner atención», me dijo, «porque significa mucho santiguarse bien».

Sor Charles Ramillon Su modo de hacerse la señal de la cruz me llamaba la atención profundamente; hemos tratado varias veces de reproducirlo, pero sin éxito. Entonces decíamos: «Bien se ve que se lo ha enseñado la Virgen».

Sor Emilie Marcillac: Sor Marie-Bernard tenía una piedad dulce, sencilla, sin nada de particular. Era muy exacta, no faltaba al silencio, pero durante el recreo atraía por su brío. No le gustaba la piedad recargada. Un día me decía riendo, indicando a una novicia que cerraba siempre los ojos: «¿Ve a sor X? Si no tuviera una compañera que la guía, tendría un accidente, ¿Por qué cerrar los ojos, cuando hay que tenerlos bien abiertos?».
Durante sus crisis de asma, tenía ataques de tos que le desgarraban el pecho; aunque vomitaba sangre y se sofocaba no se dejaba escapar nunca un lamento, un murmullo. Sólo se le oía decir el nombre de Jesús. Después de decir: «Jesús mío», miraba al crucifijo, y en sus ojos había algo inexpresable, pero que decía mucho…

OCTUBRE
Sor Emilie Marcillac: El 25 de octubre estuvo muy mal… Se pensaba que no pasaría la noche… Mi sorpresa fue enorme cuando a las cuatro y media de la mañana me acerqué a su cama para saber cómo estaba; creía que agonizaba. En cambio, me respondió con voz clara: «Estoy mejor, el Señor no me ha querido, he ido hasta la puerta y me ha dicho, es muy pronto».

1867

MAYO
Sor Bernard Dalias:
Estaba en Nevers desde hacía tres días, y comenté que aún no había visto a Bernadette. La superiora que me acompañaba me señaló a una novicia, pequeña, sonriente, que estaba a su lado, y añadió: «¿Bernadette? Aquí la tiene usted». Se me escapó una expresión impertinente y exclamé: «¿Esto es todo?». Me respondió: «Así es, señorita, esto es todo». Desde entonces me demostró gran simpatía.

Sor Brigitte Hostin:
Fui compañera de noviciado de sor Marie-Bernard: tuve este privilegio durante siete u ocho meses. Tuve la posibilidad de admirar en ella una gran piedad, una humor siempre igual –algo raro– una sencillez de niña, y sobre todo una gran humildad; esto –cuando se veía obligada a responder a las cartas que le escribían algunos grandes personajes respecto a los favores que la Virgen le había concedido– le hacía decir: «Si no fuera por obediencia, no respondería».

SEPTIEMBRE
Sor Joseph Caldairou recuerda algunas expresiones de Bernadette:
«Sólo Dios sabe lo que me cuesta presentarme delante de los obispos, los sacerdotes, la gente del mundo».

«Me es difícil ver la hermosura en las representaciones de la Virgen, después de haber visto el original».

1868

Sor Charles Ramillon:
Un día, ante mi presencia, una de nosotras le dijo: «¿Le ha revelado los secretos a la madre general?» «No». «¿Tampoco a la madre maestra?» «Tampoco». Entonces yo añadí: «¿Pero si se lo pidiera el Santo Padre?». Ella respondió: «Me lo pensaría».

NOVIEMBRE
Conde Lafond:
Monseñor Chigi [nuncio apostólico en Francia, n. de la r.] mandó llamar al locutorio a sor Marie-Bernard. «Hija», le dijo, «¿no tuviste miedo cuando viste a la Virgen?». «Sí, monseñor, mucho; pero sólo la primera vez; luego, ¡era tan hermosa!».

1869

AGOSTO
Sor Bernard Dalias:
Una sola palabra suya hacía bien. A quien sufría le decía: «Rezaré por ti».
La he sorprendido muchas veces con la cara cubierta de lágrimas. Le preguntaba con la mirada: «Volver a ver la gruta, una sola vez, de noche, cuando nadie se enterara…», me susurraba.
Yo estaba encargada de entonar el canto para la oferta del recreo. Sor Marie-Bernard se me acerca un día, después de la oración. «Algunas veces entonas», me dijo, «“La veré un día a esta Madre que amo”». Y en ese momento sus ojos tomaron una expresión de deseo, de tristeza indefinible, y vi correr dos lágrimas…
Bastaba oirle decir con plena convicción: «Reza por mí, pobre pecadora, sobre todo en la hora de la muerte», para comprender que se daba cuenta perfectamente de que tenía que invocar el efecto que le habría prometido la Virgen por su fidelidad.

Sor Emilienne Robert:
Hablaba de que teníamos que corregirnos en nuestros defectos, y le dije que es difícil. Entonces ella abrió los ojos de par en par y respondió con vigor: «¡Pero bueno! Recibir tan a menudo el pan de los fuertes y no ser más valiente».

OCTUBRE
Conde Lafond:
El abad de M. le dijo ante mí que venía de Lourdes y que había visto al padre Hermann y al señor Laserre, los dos habían recibido la gracia del don de la vista. Sor Marie-Bernard abrió sus grandes ojos, hasta entonces había estado con los ojos bajos. «He visto», añadió el abad, «la estatua que han puesto en la gruta. Tiene las manos juntas así. ¿Es así como se le apareció la Virgen?». «Sí, padre, pero cuando me dijo: “Yo soy la Inmaculada Concepción”, hizo así». Hizo un gesto de tal belleza que nos conmovió hasta las lágrimas. Nos parecía ver una copia viva de la Reina el Cielo, cuando apareció en la roca de Massabielle.
Una señora de Nevers le preguntó un día: «¿No ha vuelto a ver a la Virgen después de las dieciocho apariciones?». Dos lagrimones le adornaron los párpados: fue su respuesta.

Sor Cécile Pagès:
Le decía a sor Marie-Bernard que muchas personas se habían curado con el agua de Lourdes, después de una novena. «La Virgen a veces quiere que se rece durante mucho tiempo, y una persona se curó solamente después de nueve novenas».

1870

ABRIL
Sor Angèle (entonces postulante):
Me preguntó sor Marie-Bernard: «¿Qué le pasa?». Le dije: «Acabo de recibir una mala noticia: mi mamá está agonizando; quizá a estas horas ya se haya muerto». Sor Marie-Bernard me dijo con una sonrisa que no olvidaré nunca y con su mirada penetrante: «No llore, la Virgen la sanará; rezaré por ella».

AGOSTO
Sor Madeleine Bounaix:
El 15 de agosto de 1870 estaba con ella en la enfermería San José; me había dado una fruta para la merienda; hablábamos de la fiesta del día y le dije: «Hermana, ¿rezará por mí hoy?». «Sí, pero con una condición: que también usted lo haga por mí. Todos necesitamos oraciones». Entonces añadí: «Qué bonita debe ser la fiesta en el cielo y qué hermosa debe ser la Virgen». «Cuando la has visto no puedes seguir apegada a la tierra», me dijo.
Tiempo después, sor Marie-Bernard recibió una carta de don Peyramale, párroco de Lourdes, que contenía una foto de la Basílica. Me dijo mirándola: «¿Conoce Lourdes?». Le dije que no, y ella dijo: «Tome la foto de la Basílica», y con el dedo me enseñaba la gruta. Le pregunté: «¿Dónde estaba cuando se le apareció la Virgen?». Me señaló simplemente el lugar. Añadí: «Es un recuerdo muy dulce para usted, hermana». Con un aire grave, casi triste, me dijo: «Sí. Pero no tenía ningún derecho a recibir esa gracia».

DICIEMBRE
Conde Lafond:
Sor Marie-Bernard… esta monja no sirve para nada, y, sin embargo, la consideran el tesoro de Saint-Gildard; la ven como la defensa de la ciudad obispal y se le atribuye la salvación durante la invasión de 1870; los prusianos estaban en todos los departamentos cercanos y casi a las puertas de Nevers. El caballero Gougenot des Mousseaux que vio a Bernadette en aquella época, le hizo algunas preguntas: «¿Tuvo usted en la gruta de Lourdes o posteriormente revelaciones relativas al futuro y al destino de Francia? ¿No le ha encargado la Virgen que transmita advertencias o amenazas para Francia?». «No». «Los prusianos están a las puertas, ¿no tiene miedo?». «No». «¿No hay, pues, nada que temer?». «Temo sólo a los malos católicos». «¿No teme nada más?». «No, nada».

1871

Madre Marie-Térèse Bordenave:
Hacia finales de 1870 o a principios de 1871 había otra vez ambulancias en la casa madre; un día se incendió la farmacia; la novicia de turno se quedó tan impresionada que durante 24 horas estuvo padeciendo terribles dolores. Sor Marie-Bernard, apiadada, tras agotar todas las medicinas, le dijo a una hermana: «Le voy a dar agua de Lourdes; rece conmigo fervorosamente». Así lo hicieron: algunos minutos después los dolores habían desaparecido.

ANTES DE AGOSTO
Sor Madeleine Bounaix:
Me asombraba su rectitud y su sinceridad. No creo que nunca mintiera, recuerdo al respecto un episodio que confirmó mi opinión. Un día hablábamos de Lourdes y de Bartrès y me dijo: «No puede imaginar lo ignorante que yo era. Un día mi padre vino a verme, estaba yo cuidando el rebaño, muy triste. Me preguntó por qué y yo le respondí: “Mira mis ovejas, bastantes de ellas tienen la espalda verde”. Él se echó a reír y me dijo: “Es la hierba que se han comido, que ahora les está saliendo por arriba: puede que se mueran”. Yo entonces me eché a llorar, y mi padre, viendo mi dolor, me consoló y me explicó que era la marca del comerciante a quien se las habían vendido». Al oír esta historia me eché a reír y le dije: «Pero, bueno; ¿era tan ingenua que llegó a creerse una cosa así?». Me respondió: «Querida mía, como yo no sabía mentir, me creía todo lo que me decían».
Un día estábamos hablando de las prácticas de piedad hacia la Virgen. Le dije que había una que a mí me gustaba especialmente: rezar doce Avemarías en honor de los doce privilegios de la Madre de Dios. Me respondió feliz y satisfecha: «Siga con esta práctica, que le es muy grata a la Virgen».

AGOSTO
Sor Vincent Garros, nombre de pila Julie Garros, amiga de infancia de Bernadette:
En Lourdes había una congregada, conocida con el nombre de señorita Claire, muy piadosa y que sufría desde hacía tiempo. Cuando llegué a la casa madre, Bernadette me preguntó por ella, y yo le dije: «No sólo sufre pacientemente, sino que dice incluso estas palabras, que me sorprenden realmente: “Sufro mucho, pero si no es suficiente, ¡que el Señor añada más sufrimiento!”». Sor Marie-Bernard hizo esta reflexión: «Es muy generosa; yo no haría lo mismo. Me conformo con lo que me manda».

También le gustaba contarme que del rebaño que tenía que cuidar le gustaba especialmente un corderito blanco. Cuando conseguía construirse su capillita en los campos, él venía a derribarla de una cornada; y cuando gritaba al rebaño, el corderito cogía carrerilla, le daba una cornada bajo la rodilla y la arrojaba al suelo, cosa que le divertía mucho. Para castigarlo, Bernadette le daba pan con sal, que al corderito le encantaba.

En el noviciado yo le decía a Bernadette cuando estaba enferma en la enfermería: «Sufre mucho, ¿verdad?». Me respondía: «A ver. Ya me dijo la Virgen que no iba a ser feliz en este mundo, sino en el otro».

A menudo aconsejaba el perdón, no olvidar la invocación del Padrenuestro: «Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos…».
También me dijo: «Cuando pase por delante de la capilla, si no tiene tiempo de pararse, encárguele a su ángel de la guarda que le lleve su mensaje al Señor al tabernáculo. Se lo llevará y luego vendrá de nuevo a reunirse con usted».

Creo que Bernadette meditaba sobre los misterios, porque un día que le dije que no conseguía rezar, meditar, me sugurió este remedio: «Transpórtese al Monte de los Olivos o a los pies de la cruz, y quédese allí: el Señor le hablará y usted lo escuchará». A veces le decía: «Ya estuve, pero el Señor no me ha dijo nada». Sin embargo, yo seguía rezando.

Le dije un día: «¿Cómo puede estar tanto tiempo en acción de gracias?». Me respondió: «Pienso que la Virgen me da al Niño Jesús. Lo tomo. Le hablo y él me habla».
Sé que Bernadette tenía una devoción especial por san José. Repetía estas invocaciones: «Concédeme la gracia de amar a Jesús y a María como desean ser amados. San José, reza por mí. Enséñame a rezar». Y a mí me decía: «Cuando no se consigue rezar, hay que dirigirse a san José».

Me decía también: «Cuando está frente al Santísimo, por una parte tiene cerca a la Virgen inspirándole lo que le tiene que decir al Señor, y por la otra a su ángel de la guarda tomando nota de sus distracciones».

Decía: «Hemos de recibir bien al Señor, va en nuestro interés recibirle bien, amablemente, porque entonces nos paga el alquiler».

Me decía que antes de llevar a cabo cualquier acción, hay que purificar la atención. Yo le hacía notar que era difícil. Me respondió: «Hay que hacerlo, porque se actúa mejor y cuesta menos».

Decía: «Si trabaja para las criaturas, no tendrá recompensa y se cansará más».
Otra vez me dijo en la enfermería: «Le daré una buena merienda». Había fruta en almíbar. Me la tiende y me dice: «Hoy es sábado, no la comeremos; haremos esta pequeña mortificación por la Virgen».
Bernadette, estoy segura, siempre controló sus impulsos interiores. Sobre esto me decía: «El primer impulso no nos pertenece, pero el segundo sí».

Cuando le entraban las crisis de asma –con bastante frecuencia– daba pena. Nunca se quejó, y cuando pasaba la crisis decía: «¡Gracias, Señor!».

La Virgen le había pedido que rezara por los pecadores; sin duda lo hacía. Me dijo varias veces: «Recemos por esa familia, para que la Virgen la convierta».
A menudo, después de las oraciones, Bernadette añadía: «Señor, libera a las almas del purgatorio». De vez en cuando, rezábamos juntas la corona de los difuntos y la terminábamos diciendo: «Dulce Corazón de Jesús, sé mi amor, dolce Corazón de María, sé mi salvación. Jesús mío, ¡misericordia! Concede el descanso eterno a las almas de los fieles difuntos».

NOVIEMBRE
Sor Eléonore Bonnet:
El día de Todos los Santos supe que Bernadette estaba enferma. Conociendo su amor por las flores, recogí algunas violetas, que habían florecido a pesar de que no era su época, a lo largo de la pared de la cocina, y se las mandé con una novicia que trabaja en la enfermería.

Madre Marie-Thérèse Bordenave:
Una superiora le preguntaba un día si había sentido alguna vez complacencia por los favores que la Virgen le había concedido: «¿Qué piensa de mí? ¿Quiere que no sepa que si la Virgen me ha elegido a mí es porque yo era la más ignorante? Si hubiera encontrado otra más ignorante, la habría elegido a ella».

Sor Joseph Ducout:
La ví sufrir moral y físicamente. En el sufrimiento nunca pronunció ni una palabra de dolor. Tomaba el crucifijo, lo miraba y ya está.

Sor Madeleine Bounaix:
«¿Qué hace aquí?», me dijo. «Me voy, y estoy esperando a la madre maestra». Volvió a preguntar: «¿A dónde va?». «A Beaumont». «Bueno, hermana, no se olvide de lo que le digo: dondequiera que esté, recuerde siempre trabajar sólo para el Señor. Entiende, ¿verdad? Para el Señor».

DICIEMBRE
Sor Victoire Cassou:
Bernadette me dijo: «En la misa de medianoche, póngase a mi lado. Hay sitio». Me encantó. Así pude constatar su piedad y recogimiento. Escondida tras su velo, nada podía distraerla. Después de la comunión, entró en un recogimiento tan profundo, que salieron todos y ella como si no se hubiera dado cuenta. Me quedé a su vera, porque no tenía ganas de ir al refectorio con mis compañeras. La contemplé durante mucho tiempo, sin que ella se diera cuenta. Su rostro era radioso y celestial, como durante el éxtasis de las apariciones.
Cuando la hermana encargada de cerrar las puertas de la iglesia llegó a cumplir su deber, agitó con fuerza los cerrojos. Sólo entonces salió Bernadette de su estado similar al éxtasis.
Salió de la capilla y yo la seguí. En el claustro, se inclinó hacia mí y me susurró: «¿No ha tomado nada (en el refectorio)?». Le respondí: «Usted tampoco». Se retiró en silencio y nos separamos de este modo.

1872

AGOSTO
Sor Eudoxie Chatelain: Tenía una devoción especial por san José, cosa que me asombraba un poco, dado que era la hija privilegiada de la Virgen. Un día le oí decir: «Voy a hacerle una visita a mi padre». Era san José: iba con frecuencia a rezarle a la capilla.

Decía: «Amad mucho al Señor, hijas mías. Esto es todo».

AGOSTO-OCTUBRE
Durante el recreo una novicia recoge un murciélago caído. Grandes exclamaciones. Bernadette está presente. Sor Julienne Capmartin: «¡Oh, cómo puede tener en las manos una bestia tan horrible!», dije: «¡Es la imagen del diablo!».
Sor Marie-Bernard se puso seria y se volvió hacia mí: «Que sepa, hermana, que ningún animal es la imagen del diablo; sólo la ofensa a Dios puede serlo».

Dijo: «Cuando algo nos interesa demasiado, esto no le gusta a Dios».

Una vez me sorprendió leyendo en mi libro de hija de María, cuando ella me había recomendado que me quedara bien arropada en la cama… Entonces me quitó bruscamente el libro diciendo: «¡Este es un fervor repleto de desobediencia, se lo digo yo!». Le pedí mil veces el libro, pero no lo volví a ver…

1873
MAYO
Elisa (huérfana de Varennes): Era el año 1873 (el 12 de mayo). Bernadette visitaba Varennes (horfelinato dirigido por las monjas) y había ido hasta la Virgencita del bosque con unas veinte huérfanitas.
Estaba convalesciente, y casi no tenía fuerzas para mantenerse en pie…
Al final de la breve peregrinación, Bernadette se sentó y allí, delante de este precioso oratorio, dirigió a las niñas una exhortación, en el estilo conciso que la caracterizaba: «Niñas, amad mucho a la Virgen, y rezadla mucho. Os protegerá…». Luego invitó a su joven auditorio a cantar algo. Cantaron: «Iré a verla un día…».

JUNIO
Jeanne Jardet (cocinera): Recuerdo que un año tuvo una larga enfermedad, durante la cual dejó de visitarnos. Cuando volvió, sor Cécile (Fauron, jefa de las criadas) se congratuló por su restablecimiento. Bernadette respondió: «No querían saber nada de mí allá arriba…». Lo dijo con tanta gracia que se me saltaron las lágrimas.
Sor Eudoxie Chatelain: Un domingo, nuestra maestra, la madre Thérèse Vauzou, nos dejó que fuéramos a verla, en grupos de doce o quince. Nos recibió con mucha amabilidad, como hermanas menores… Nos colocamos alrededor de su cama, y todas dijimos algo.
Una de nosotras, grande y gorda, le preguntó si tuvo miedo al recibir la extremaunción. «¿Miedo de qué?», dijo Bernadette. «¡Yo tendría mucho miedo de morir, si viera acercarse el último momento!». «Oh, ese momento no lo conocemos nunca. Y cuando llega, el Señor nos da la fuerza para afrontarlo».

Sor Gonzague Cointe: Yo estaba en la enfermería. Una hermana le puso en la cama la fotografía de una peregrinación a la Basílica de Lourdes: «Le encantaría ir a la gruta de Massabielle, ¿verdad?». Sonriendo, ella levantó los ojos al cielo y, a pesar de la crisis de asma que tanto le hacía sufrir, respondió: «No, no siento la necesidad. Hago generosamente el sacrificio de no volver a ver Lourdes. Sólo tengo una aspiración, y es la de ver a la Virgen Santa glorificada y amada».

Madre Henri Fabre: El obispo de Nevers, que iba a ir a Lourdes, le preguntó a sor Marie-Bernard si quería ir también, y ésta respondió: «He hecho el sacrificio de Lourdes, veré a la Virgen en el cielo, y será mucho más bonito».

1874

JULIO
Sor Vincent Garros: Un día, en la sacristía, quise tocar un purificador. Me detuvo diciendo: «Todavía no lo puedes hacer». Y tomó el purificador con inmenso respeto para volverlo a colocar en la bolsa. Se diría que rezaba mientras lo tocaba, por el respeto con que lo hacía.

1875

Sor Julie Ramplou: Sor Marie Mespoulhé rezaba a veces el rosario, con las hermanas, durante el trabajo. Sor Marie-Bernard subrayaba la expresión “pobres pecadores”. Un día se lo dijeron. Respondió: «¡Oh, sí! Hemos de rezar mucho por los pecadores. Lo ha recomendado la Virgen».

1876

ANTES DE JUNIO
Sor Marcelline Durand: Le costaba mucho estar inactiva. Así que un día le dijo a una hermana enferma: «Te recuperarás con tres ventosas. Pero yo… nada me hará salir de aquí». Y levantó los ojos al cielo diciendo: «Dios mío, bendito seas en todas las cosas. Tenemos todos nuestro medio, nuestro camino para llegar a ti».

JUNIO
Sor Ambroise Fenasse: En el momento de la coronación de la estatua de Nuestra Señora de Lourdes, sor Ursule habló de la gruta a Bernadette: «¿Le gustaría volver a verla?». «Mi misión en Lourdes ha terminado. ¿Qué iba a hacer yo allí?». «Se está preparando en Lourdes una fiesta solemne, habrá bastantes obispos. ¿No le gustaría asistir?». «¡Oh, no! Prefiero mil veces mi lugarcito en la enfermería a estar en esa fiesta, que sin embargo es para mí de gran alegría». Pareció reflexionar un instante, luego añadió: «Si pudiera ir en globo hasta la gruta y quedarme allí algunos minutos rezando cuando no hubiera nadie, iría con gusto; pero teniendo que viajar como todos para estar en medio del gentío, prefiero quedarme aquí».

Abad Perreau: Un día alguien le decía: «Tiene que sentir el no haber visto todo aquel esplendor». «No sientan piedad por mí, he visto algo mucho más hermoso».

JULIO
Abad Perreau: Barnadette me ha dicho personalmente, hablando de los miembros de su familia, que estaban alcanzando cierta holgura económica: «Con tal de que no se hagan ricos. Dígales que no se hagan ricos».

Sor Claire Salvy: Iba yo por la enfermería llevando de beber a las enfermas. Estaba triste, con lágrimas en los ojos… Su mirada nos penetraba –creo– hasta lo más hondo, se dio cuenta enseguida de la tristeza de mi rostro. Me preguntó por qué. Le dije que, por una distración que había tenido en mi trabajo, una buena hermana anciana me había dicho que nunca iba a ser capaz de ser religiosa. Sonrió y pareció cerrar los ojos, como si no quisiera responderme o como si quisiera recogerse, y luego dijo, mirándome: «Dado que quiere hacer la voluntad de Dios, será hermana de Nevers, no tenga pena. Pero tendrá que saber soportar las pequeñas cruces».

Sor Agathe de Filiquier: Volviendo a la enfermería, encontramos a nuestra querida hermana sentada en la cama preparando hilas. Con un saludo cariñoso le pedimos que nos abrazara. Luego mi compañera, viendo que tenía al lado la imagen de san Bernardo, le dijo: «Así que está rezando a su patrón». «Le rezo mucho, pero no le imito: a san Bernardo le gustaba sufrir, y yo lo evito en todo lo que puedo».

Madre Marie-Thérèse Bordenave: Durante una visita que le estaban haciendo un grupo de novicias, en un día de fiesta, sor Marie-Bernard expresó el gozo que sentía en sus largas horas de insomnio que le permitían unirse a Nuestro Señor. Luego, indicando un pequeño ostensorio dorado, pegado en la cortina, dijo: «Mirándolo hallo el deseo y la fuerza de inmolarme, en los momentos en los que siento más fuerte el aislamiento y el dolor».

Sor Joseph Biermann: Un día, viéndola barrer la enfermería, le quité la escoba para hacerlo yo. Me dijo que yo no estaba en regla, y me arrebató la escoba: «No se la daré. Vencer o morir».

Madre Joseph Cassagnes: La tengo muy presente… Tenía treinta y dos años, pero me pareció jovencísima. Veo sus ojos negros y vivos, con un guiño travieso. Ni rastro de enfermedad o tristeza en su rostro. La encontré tranquila, incluso alegre. Me quedé admirada de tanta serenidad en el sufrimiento. Ni una señal de embarazo o malestar entre ella y su ex madre maestra, sino una recíproca confianza y sencillez. Cuando la madre maestra le dijo que yo sentía cierta insatisfacción, me dirigió su mirada dulce y profunda, y dijo: «Pero, ¿no entiende que es el diablillo?». Calló y luego volvió a hablar en tono burlón: «Cuando se acerque, escúpale en la nariz».

SEPTIEMBRE
Sor Casimir Callery:
Sor Marie-Bernard quería mucho a sor Claire Lecocq, y cuando ésta estaba muriendo le dijo que envidiaba su suerte. Se las escuchaba decir constantemente: «Dios mío, creo en ti, espero en ti. Te amo». Le daba a la moribunda sus encargos para el cielo; se animaban a sufrir.

OCTUBRE
Sor Casimir Callery:
Hacia finales de octubre de 1876, el abad Febvre había hecho un sermón sobre el pecado. Yo estaba en la enfermería con sor Marie-Bernard, que me dijo: «¡Oh, Serafín (sor María-Bernard me llamaba “Serafín” porque en una escena que habíamos interpretado en la fiesta de la madre maestra, yo era el serafín. No le salía el nombre de Casimir, que nunca había oído referido a mí), qué contenta estoy!». «¿Qué le pasa?», pregunté. «¿No ha escuchado el sermón?». «Pues claro». «El padre ha dicho que cuando no se quiere cometer un pecado, no se peca». «Ya he oído. ¿Y qué?». «Pues que yo nunca he querido cometer ningún pecado, así que nunca los he cometido». Su rostro estaba radiante…

DICIEMBRE
Sor Athanase Baleynaud:
En Nochevieja fui con otras dos hermanas a la habitación de sor Marie-Bernard para desearle un feliz año. Al terminar la visita, mandé salir a las otras y le dije a Bernadette: «Querida hermana, me gustaría que me deseara algo para este año nuevo». Bernadette reflexionó y me dijo: «Le deseo el amor puro y el sufrimiento puro». «Oh, no, le dije, ¡esto no!». Pero ella mantuvo la fórmula. Pues bien, me he acordado muchas veces en mi vida de esta frase que me había asustado, y que siempre me infundió valor.

1877

Sor Casimir Callery curó a Bernadette entre septiembre de 1876 y marzo de 1877:

MARZO
Sor Hélène me había dado unos huevos de Pascua para que los adornara. Yo pintaba. Sor Marie-Bernard los rallaba, creando así los modelos. Un día me quejaba de que este trabajo me ponía nerviosa. Me dijo: «¡Qué importancia tendrá ganarse el cielo rallando huevos o haciendo cualquier otra cosa!».

Se hablaba un día de la vida de los santos. Me dijo: «Quisiera que se dieran a conocer los defectos de los santos y los esfuerzos que hicieron para corregirse; nos serviría mucho más que sus milagros y sus éxtasis».

La he visto sufrir horriblemente. Entonces se le escapaba alguna que otra queja, pero enseguida sonreía diciéndome: «Mire qué poco generosa soy».

He rezado a menudo con ella las oraciones de regla y las otras. Creo que rezaba todos los días el rosario, y me di cuenta de que normalmente llamaba a la Virgen: «Mi buena Madre».
Bernadette sentía mucha compasión por el prójimo. Una noche en que la fiebre la devoraba, había llamado a la novicia encargada de llevarle de beber, pero no había conseguido despertarla: se levantó y fue a beber de la jarra. Yo grité, y ella me dijo: «Chist. Calle. Hará el mismo efecto. No despierte a esa pobrecilla. Está durmiendo tan plácidamente…».

JUNIO
Sor Casimir Callery:
La noche del Corpus, en junio de 1877, hubo una violenta tormenta. Cayó un rayo junto a la persiana en la que sor Marie-Bernard rezaba con fervor. La persiana se vuelve roja, un metro del tubo del gas se funde y una llamarada se levanta hasta la sacristía San Lucas, donde están las cortinas y las alfombras de la capilla. «¡Fuego!», grita la hermana de la enfermería. Me levanto y voy hasta sor Marie-Bernard, que me dice: «Oh, es el diablo, no contento con nuestra hermosa fiesta». Cerramos enseguida el contador y ahí terminó el incidente; le atribuimos el hecho a las oraciones de sor Marie-Bernard.

Sor Bernard Dalias:
Un día, después de la procesión del Sagrado Corazón, la gente iba a sentarse donde podía en la capilla, y la señora de Falaiseau cayó entre Bernardette y yo. Me dijo mirando a Bernadette: «¡Qué contenta estoy!». Bernardette lo oyó y me susurró: «Ahora se va a enterar». Pasó por entre la pared y el banco y desapareció por el fondo de la capilla. La vieja señora se dio cuenta y exclamó con dolor: «¡Oh!, ¡Oh!». Le respondí: «Ha hablado usted demasiado».

JULIO
Sor Valentine Borot:
Estaba sentada en la cama, en el fondo de la habitación, cerca de la ventana, con aspecto risueño y distendido. No tenía la cara tan delgada por aquella época: era julio de 1877, y no recuerdo que se sorprendiera. Cuando nos vio entrar, le dijo a la madre Nathalie: «Madre, apuesto a que me trae a una postulante», Y, como yo estaba detrás, por timidez y respeto, añadió: «Acérquese, señorita, que la abrace». Me acerqué. Me miró largo y tendido antes de abrazarme… Me preguntó si estaba melancólica. Le respondí ingenuamente que estaba en la cima de mis deseos. «Oh», me dijo, «yo sentía gran melancolía los primeros tiempos. Cuando recibía una carta de casa, esperaba a estar sola para abrirla, porque me sentía incapaz de leerla sin derramar todas las lágrimas que tenía».

AGOSTO
Sor Alphonse Barat:
Una superiora llevó un día a tres postulantes, entre ellas a la señorita Barat. Mientras llegábamos, Bernadette estaba bajando del primer piso pasando por la puerta de vidrio. Intentó evitarlas, pero, al reconocer a la superiora, se acercó, saludó amablamente, abrazó a las tres jóvenes, y les dijo: «Señoritas, no se arrepentirán nunca de haberse entregado al Señor».

Sor Jeanne Jardet:
Me dijo: «Sí, es cierto, he recibido muchas gracias».
Venía a verme, pequeña mía, sólo por su bondad… Mientras me cuidaba, me decía una palabra de compasión, como por ejemplo ésta, que recuerdo bien: «Hay que sufrir algo por el Señor, hija mía. El sufrió mucho por nosotros». Y también me decía: «En el cielo seremos felices, pero aquí abajo…». Terminaba la frase con un gesto que significaba: «No espere nada de esta vida».
Un día le manifesté mi malestar por estar enferma tan lejos de mi madre. Entonces, indicándome a la Virgen que estaba sobre el armario, me dijo: «Su madre está ahí. Es la madre de todos…».

SEPTIEMBRE
Sor Victoire Cassou:
El obispo de Rodez visitó la comunidad. Pasaba por entre las filas de hermanas y se hacía besar el anillo. Quería ver a sor Marie-Bernard, que lo intuyó y se retiró. Yo estaba a su lado, y me susurró: «No se inquiete, sé lo que hago». Inmediatamente después desapareció detrás de una pequeña puerta. Le digo: «¿Y los cuarenta días de indulgencia?». Me respondió: «¡Jesús mío, misericordia! Así serán trescientos».

OCTUBRE
Sor Casimir Callery:
La última recomendación que me dio, cuando dejé el noviciado, fue que rezara por ella cuando supiera de su muerte: «Dirán: esta sor Marie-Bernard era una santita, y dejarán que me chamusque en el purgatorio».

Sor Marie-Joséphine Durin:
Frente a la primera estatua de la Virgen de Lourdes que llegó a la casa madre: «Hermana, ¿se parece a la Virgen?». Bernadette no responde, pero dos gruesas lágrimas le resbalan por las mejillas. Une las manos y dice, mirando a la estatua: «¡Oh, mi querida Madre, cómo te han desfigurado!».

DICIEMBRE
Sor Véronique Crillon:
Nos enseñó también un crucifijo que le había mandado el Santo Padre. Lo besó con gran piedad, diciéndonos: «De aquí saco toda mi fuerza».

Sor Claire Bordes:
Recuerdo una Nochebuena en que se estaba preparando un pequeño pesebre en la chimenea de la enfermería. Cuando estuvo preparado, sor Marie-Bernard tomó al niño Jesús y dijo mientras lo colocaba: «¡Qué frío tendrías, pobre Niñito, en el establo de Belén!». Y, dirigiéndose a nosotras, dijo: «No debían tener corazón los habitantes de Belén si le negaron la hospitalidad al Niño Jesús».

1878

Sor Claire Bordes:
Le escuché muchas veces decir a Bernardette cuando sufría: «Dios mío, cuánto te amo…».

En la enfermería, cuando algo nos costaba o no estábamos bien, nos decía: «Ofrecedlo por los pecadores».

ENERO
Madre Ambroise Fenasse, que estaba en Nevers con motivo de un capítulo general, fue a ver a Bernadette, inmovilizada en su cama por un tumor en la rodilla:
«¿Así que está siempre en la enfermería?». «Sí», dijo, y con una hermosa sonrisa añadió: «siempre, en la enfermería, siempre como una que no sabe hacer nada. Hizo bien el Señor no dejándome elegir el tipo de vida. Desde luego no habría elegido esta inactividad en la que me veo. Me habría gustado tanto trabajar…».
«Los largos períodos de enfermedad le imponen muchos sacrificios», le dije. «Sí, porque aunque esté tan cerca de la capilla, hace mucho que no puedo asistir a misa; pero por lo menos, día y noche asisto a la que se celebra continuamente ahí». Y diciendo estas palabras indicaba a una imagen cogida a la cortina con un alfiler, que representaba la ofrenda del sacrificio eucarístico en el momento de la Elevación.
«En un lugar u otro del globo se celebran continuamente misas: me uno a estas misas, sobre todo durante las noches, que a veces paso insomne».
Esto lo dijo con gran seriedad, pero luego, volviendo a su tono alegre, añadió: «Lo que me contraría es que el monaguillo no toca nunca la campanilla». E indicándolo en la imagen con un dedo añadió: «Esta vez me dan ganas de sacudirle».

MAYO
Sor Julie Durand:
Yo había pasado la noche en la cabecera de su cama, a principios de mayo de 1878; por la mañana temprano, la enferma me dijo que abriera la ventana . A las cinco y media, vi llegar a la madre Marie-Thérèse Vauzou, que le dijo: «¡Imprudente! ¡Que precisamente usted haga estas cosas! ¿Por qué ha querido abrir la ventana? ¿Para resfriarse todavía más?». Yo entonces cierro, pero oigo murmurar: «Eh, eh, la madre no ha dicho que cierre. Sólo me ha regañado porque le mandé que la abriera».

SEPTIEMBRE
Sor Victoire Cassou:
Le decía: «Rece por los que no rezan». Me resondía: «No tengo otra cosa que hacer. No sirvo para nada. Mi única arma es la oración. No puedo hacer más que rezar y sufrir».

Sor Marthe du Rais:
Sor Marie-Bernared tomó los votos perpetuos, si no recuerdo mal, en 1877 [en realidad en 1878, n. de la r.]. Su gozo fue grande; era tan feliz que habría podido morir aquel día. «Me creía en el cielo, me dijo; si hubiera muerto, estaba segura, porque los votos son un segundo bautismo».

Sor Marcelline Lannessans:
En 1878 le dije que iba a Lourdes y si quería venir conmigo. «No», me respondió, «me mirarían como una bestia rara. Y además, abandonarían a la Virgen para seguirme a mí. Rece por mí en la cueva. Yo rezaré por usted, para que haga un buen viaje».

Sor Stanislas Tourriol:
Me encomendé a sus oraciones: «Sí, rezaré, dije; pero no en este mundo. Me queda poco tiempo de vida, estoy muy enferma».

OCTUBRE
El abad Febvre, entonces alumno de cuarto año del Seminario menor de Pignelin, cerca de Nevers, ve a Bernadette:
«Niño», me dijo, «estás en el seminario, ¿quieres hacerte cura?». «Sí, hermana, si el Señor me llama». «Sí, serás cura. Oh, qué hermoso es un sacerdote en el altar. Pero ten en cuenta que un sacerdote en el altar es siempre Jesucristo en la cruz; y miraba el campanario de la comunidad. Tendrás mucho que hacer y que sufrir. ¡Animo!».

Sor Thérèse Lacoste:
Me dijo: «Si quiere ser religiosa, señorita, tiene que aprender a amar el sufrimiento. El Señor da la corona de espinas a sus amigos en la tierra, no espere nada mejor».

1879

MARZO
(UN MES ANTES DE MORIR)
Henri Lasserre:
«Lo que quiera el Señor», decía entre dolores, «como quiera y cuanto quiera. Me abandono a Él y pongo mi gozo en poder ser la víctima del Corazón de Jesús…».
Los sufrimientos de su última enfermedad eran atroces. El pecho agotado le ardía, los huesos de la rodilla estaban corroídos por una caries devoradora.

Sor Emilie Marcillac:
Las crisis de asma se hicieron más frecuentes. Un tumor enorme le invadió la rodilla derecha, al final la caries le devoraba los huesos… La violencia de los dolores le arrancaba algún que otro grito, que luego transformaba en oración: «Dios mío, te lo ofrezco. Dios mío, te amo».

Sor Saint-Cyr Jollet:
Decía: «Dios mío, quiero, deseo sufrir, pero dame la gracia de la paciencia, que tanto necesito».

Abad Perreau: Al final de la vida, entristecida por no poder seguir practicando la oración, le confió al capellán su pena. Él le dijo: «Consuélese, rece a los pies de la cruz, sumergiéndose en las heridas del Señor». Bernardette respondía: «¡Oh, qué gran bien me hacen estas palabras!».

Abad Febvre: Creo que el Señor le había dado algún presentimiento de su muerte, porque durante una visita que le hice el día de san José, tras preguntarle qué gracia había solicitado de este gran rito, respondío enérgicamente: «La gracia de una buena muerte».
Sor Marie-Bernard recibió la extremaunción el viernes 28 de marzo de 1879. Después de la ceremonia dijo: «Madre, le pido perdón por todas las penas que le he causado con mis infidelidades en la vida religiosa y pido perdón también a las hermanas por el mal ejemplo que he dado».

Abad Perreau: Las hermanas, una a una, le pidieron entonces algún recuerdo, encargándoles sus mensajes para el cielo. Bernadette respondía: «Sí, no olvidaré ninguno».

ABRIL
Madre Eléonore Cassagnes: Decía: «Cuando leo la Pasión, me conmuevo más que cuando la explico».

Abad Perreau: En los últimos momentos, y como el capellán le decía: «Recuerde la promesa de la Virgen. El cielo está al final del camino», exclamó: «Sí, pero el final es lento en llegar».

Madre Eléonore Cassagnes: Para ayudarla a sufrir y morir, el abad Febvre le reevocaba la belleza de la Virgen: «¡Oh, sí! ¡Cuánto me alivia este pensamiento!».

Muy poco antes de su muerte había mandado quitar todas las imágenes que se habían colocado en su cama… Cuando se le preguntó el motivo, dijo: «Me basta con esto». Y mostraba el crucifijo.

15 DE ABRIL
(DÍA ANTERIOR A SU MUERTE)
Abad Febvre: Sor Marie-Bernard, como Jesús antes de su muerte, tuvo una agonía espiritual. La noche del lunes se le oía repetir varias veces las palabras: «¡Vete, Satanás!». El martes por la mañana me dijo que le demonio había intentado asustarla, pero que había invocado el santo nombre de Jesús y todo había desaparecido.

16 DE ABRIL
(DÍA DE SU MUERTE)
Sor Nathalie Portat: Al oír estas palabras del Avemaría: «Santa María, Madre de Dios…», Bernadette se reanimó y con un acento especial… repitió dos veces: «Santa María, Madre de Dios, ora por mí, pobre pecadora».

Hacia las tres y cuarto, Bernadette dijo: «Tengo sed». Le llevaron un vaso, ella acercó los labios, y después de hacer la señal de la cruz de una manera maravillosa, inclinó la cabeza y entregó su alma a Dios.